La Editorial Tres Columnas, de Lorca convoca la I Edición del Concurso de Relatos Cortos sobre la Semana Santa, que se celebrará de acuerdo con las siguientes bases:
Podrá concursar cualquier escritor o escritora residente en España que presente su trabajo, original e inédito, escrito en castellano y en prosa. El tema será la Semana Santa de Lorca, y los relatos podrán ser de tradición o de creación.
La extensión de los trabajos no sobrepasará los ocho folios en DIN A4 a una cara, mecanografiados a doble espacio en letra tipo Times New Roman, tamaño 12.
Los archivos se enviarán en formato electrónico, preferiblemente en formato pdf, mediante correo electrónico a la siguiente dirección: editorialtrescolumnas@hotmail.com
Indicando en el asunto: I Concurso de relatos Semana Santa, y adjuntando un archivo (preferiblemente en formato pdf) con la obra presentada y firmada con un pseudónimo.
Así mismo, se deberá adjuntar otro archivo de texto que llevará como nombre el mismo título del relato, en el que se señalarán, además, el nombre, edad, dirección, teléfono y DNI del autor, con el título de la obra y el pseudónimo con el que se ha firmado.
El plazo de admisión de los ejemplares finalizará a las 14 horas del 15 de abril de 2019.
El primer premio establecido consiste en un lote de 6 libros y un diploma.
Se otorgará un segundo premio de tres libros y un diploma.
El fallo del Jurado será inapelable y tendrá lugar en el mismo mes de abril de 2019. El premio podrá ser declarado desierto.
El lugar y fecha de entrega del premio se indicará oportunamente.
La editorial se reserva el derecho, previa consulta con el autor, de hacer una publicación de las obras enviadas.
El hecho de participar supone la aceptación de las bases anteriormente expuestas, por lo que aquellos trabajos que no se ajusten a estas bases serán excluidos del Concurso.

Relato ganador de Antonía María Montero Pérez


HISTORIA EN COLORES

Fue un día de primavera, amanecí en un precioso lugar donde los rayos del sol eran muy significativos, ya que su brillo dorado días más tarde se convertirían en un lujoso oro.

Aquella tarde recuerdo que la gente me decía que viviría la noche más azul del año, pero tenía que esperar a que el reloj de la Iglesia de San Francisco diera las doce.

Recuerdo que, al llegar la noche, preguntando dónde encontrar la Iglesia, divisé a lo lejos una bonita torre en la que se hallaba un reloj y, caminando hacia ella, sentí que alguien me agarraba la mano, sentí escalofríos, porque no había nadie a mi alrededor, pero yo sentía una mano entrelazada a la mía, seguí caminando porque me inspiraba confianza, cuando de pronto, comencé a mezclarme con mucha gente que ondeaba pañuelos azules al cielo, allí me contaron que estaba en la puerta de San Francisco, la Iglesia del Paso Azul, y como si de un cuento se tratara, cuando dieron las doce, sus puertas se abrieron para recibir a la Madre Azul, a la amada y querida Virgen de los Dolores, una imagen de dulce mirada y expresión de dolor, unas finísimas manos que parecen abrazar el cielo y en un trono de plata precioso que embellecía aún más su imagen. Las gargantas se desgarraban, todo eran piropos hacia ella mientras la Agrupación Musical tocaba su himno, llamado Las Caretas, era un vibrar de emoción y un grito unánime ¡VIVA LA VIRGEN DE LOS DOLORES!

Al amanecer, el cielo tenía el azul claro del día, no podía ser de otra manera. Amanecía el Viernes de Dolores, el día azul, el día en el que ella brilla de esplendor y en el que se produce el primer desfile. Cuando llega la tarde, todo son nervios y alegría, todos esperan poder verla desfilar por una gran avenida donde la noche se hace día, y allí en un palco fue donde pude ver una procesión en la que todas las Cofradías participan para acompañar a la Madre Azul, acompañada por mujeres de mantilla y desfilando con solemnidad y esperanza, para regresar después a su querida casa y arropada por su pueblo azul.

Cuando las puertas de la iglesia se cerraron, recuerdo que ya no sentía el calor de aquella mano que me estuvo acompañando en todo momento, y en las calles se sentía alegría, y la gente buscaba disfrutar hasta casi ver amanecer de nuevo.

El sábado pude dedicarlo a recorrer los bellos rincones que iba encontrando en cualquier calle o plaza de aquella bonita ciudad, y siguiendo la mirada de una inmensa fortaleza que te observa desde cualquier punto de la ciudad, llegué a la Plaza de España, donde se sitúa la Iglesia de San Patricio, luciendo como una bella catedral engalanada para la noche de la Curia, entonces volví a sentir el calor de esa mano pacífica. El Paso Negro se disponía a sacar su procesión, que tiene la particularidad de desfilar de manera silenciosa y con mucha solemnidad por todo el casco antiguo  en el que, las calles en su silencio, te van contando su historia. Su titular, La Virgen de la Soledad, de cara bonica como dicen aquí sus gentes, nos deleita de su esperanza y silencio, para dar paso al Domingo de Ramos.

El Domingo amanecía y las campanas doblaban, las ramas de olivo eran bendecidas y la alegría rezumaba en las calles, recuerdo caminar por la Iglesia de Santiago, cuando volví a sentir la caricia de aquella mano entrelazando la mía, pero aquella mañana la sentí con una fuerza especial, y a pesar de estremecerme me transmitía una tranquilidad que me hacía dejarme llevar donde ella me guiara, así llegué a las puertas de una Iglesia Blanca, era Santo Domingo de la cual salieron tres elegantes banderas acompañadas por hebreos y su Agrupación Musical tocando su himno, de nombre El Tres.

Es una mañana alegre e ilusionante, las banderas de las Cofradías colgarán de los balcones, y momentos antes del desfile, serán recogidas por mayordomos y arropadas por miles de personas, es un acto de emoción en el que sientes el calor de un pueblo.

Al llegar la tarde, todos se preparan para un nuevo desfile, al ir caminando por las calles te vas encontrando con faraones egipcios, con tribus romanas, hermosas caballerías y como no, con más y más hebreos, un pueblo que nos recrea la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, su puesta en escena es espectacular. Cerrando la procesión blanca desfila el trono de San Juan, patrón del Paso Blanco, portado por porta pasos ataviados de hebreos, y decorado con preciosas flores de palma realizadas por personas que, incansablemente, trabajan para el Paso. Este trono desfila con los sones de una alegre marcha llamada “¡Oh Bendita Estrella!”, representando la alegría que causó la entrada en Jerusalén de Jesucristo. Y cerrando la procesión del Domingo de Ramos, el Paso Negro o La Curia, nos deleita con la Virgen de la Soledad, que al terminar protagoniza un encuentro con San Juan poniendo a vibrar los corazones de cuantos lo presencian.

El Lunes Santo, aún con la admiración de todo lo que había vivido, seguí conociendo esta hermosa ciudad, y al pedir información, me explicaron que no podía dejar de ver un Vía Crucis viviente que se realizaría por la noche, y eso hice, cuando se acercó la hora me dispuse a salir, fue entonces cuando sentí  otra vez esa sensación de que mi mano era abrazada de nuevo, pero su fuerza se iba debilitando y entonces solo tuve que caminar sin saber dónde llegaría, hasta que mis ojos contemplaron un tumulto de gente que se arremolinaba a las puertas de San Francisco, allí se estaba produciendo un Vía Crucis viviente, desde la Santa Cena y la detención de Jesús, noche de dolor y agonía, y fuimos acompañando a nuestro Señor a través de un duro y triste caminar hacía el Monte Calvario, una joya de entorno  que sería testigo de su crucifixión. Cuando tus ojos presencian esa escena no puedes dejar de sentir dolor, y al mismo tiempo que miras su dolorido rostro te apiadas de ver como su carga es infinita y su cruz es la del mundo, sientes, sufres y te arrepientes de tus errores. Mientras abandonaba el Calvario, mis sentimientos eran encontrados, por un lado, la pena de ver su sufrimiento, y por otro, el orgullo de poder haber estado a su lado, en la hora de su muerte.

Martes Santo, siguiendo consejos, me dispuse a visitar los museos de las distintas Cofradías, contemplé verdaderas y auténticas maravillas, todo manto, estandarte, túnica, capetas o cualquier prenda que procesiona está bordada en oro y sedas, por bordadoras que desde muchísimos años atrás fueron haciendo de la aguja un pincel, mujeres que fueron dejando su legado hasta el día de hoy en el que van tomando relevo para que cada año aparezca otra maravilla y el patrimonio siga engrandeciéndose, las telas y terciopelos acaban siendo verdaderos lienzos de vida, su realismo es indescriptible y con su tesón y cariño bordan auténticas obras de arte manos incansables que, punto a punto, hacen realidad una historia viva.

Seguí disfrutando la ciudad y acudiendo a encuentros de verdadera emoción, para llegar al Jueves Santo; dos Cofradías presiden este lindo día: el Paso Morado por la tarde y el Encarnado por la noche. Aquella tarde, la carrera, como se le llama aquí a la inmensa avenida en la que se presencian los desfiles, es un hervidero de gente, que después de las emotivas recogidas de banderas, se dispone a ocupar sus localidades para presenciar el desfile bíblico que cada Cofradía pone en escena.

Las dos Cofradías mayoritarias: blancos y azules, nos deleitan con verdaderas joyas bíblicas de una expresión artística incalculable.

En el Paso Azul, podemos admirar personajes como Ptolomeo IV, Moisés, Tiberio Cesar, y muchos más que se haría eterno contar. Cada uno desfila en cuádriga, siga o carroza según su historia, y su cortejo religioso lo forma el trono de la Coronación de Espinas de Ntro. Señor Jesucristo.

El Paso Blanco nos deleita con caballería del Rey Salomón, Octavio Cesar Augusto, Esther y Asuero, la Reina de Saba, la lista es muy extensa, y su cortejo religioso lo forman el Cristo de la Oración en el Huerto, con su estandarte que es una joya de valor incalculable e inigualable, en el que vemos bordado la misma imagen del trono, cuando Jesús estaba orando en el Huerto de los Olivos momentos antes de ser detenido. Cierra su procesión con el trono del Santísimo Cristo del Rescate escoltado y arropado por legionarios.

El Paso Morado que preside el Jueves Santo, saca en su procesión además de sus estandartes y bandera, los tronos que son un orgullo para esta ciudad: su Cristo del Perdón, imagen cautivadora, la Virgen de la Piedad con su hijo en brazos es un trono que te impresiona, la Santa Cena, trono de una gran historia y belleza, el trono  del Calvario y el Cristo de la Misericordia, que no desfila en trono, sino que es portado en su cruz, este cristo permanece en una pequeña y acogedora capilla que se encuentra en el Monte Calvario y solo baja a la ciudad el miércoles noche para poder desfilar el Jueves Santo. En esta Cofradía desfilan penitentes con su cruz al hombro y en algunos casos descalzos, por sus promesas, ayudando a llevar esa pesada cruz del mundo, una procesión llena de emotividad.

Cuando acaba todo este derroche de admiración, hay que correr y dirigirse al barrio de San Cristóbal, allí tendrá lugar la Procesión del Silencio, pero cuando me dirigía hacia el Barrio entre ríos de gente, me detuve en la Iglesia de Santo Domingo, la Capilla del Paso Blanco, porque allí estaba produciéndose otro acto de sentimiento, el Cristo del Rescate se disponía a entrar en su iglesia, mientras el Cuerpo de la Legión en un absoluto silencio le cantaba el Novio de la Muerte, un momento para vivirlo porque no se puede describir. Con las lágrimas aún en los ojos me fui a ver el silencio rabalero, una procesión religiosa en la que las Cofradías aportan sus estandartes con sus correspondientes nazarenos. En un riguroso silencio, el Paso Encarnado procesiona con tres tronos que son belleza y recogimiento: la Virgen de La Soledad, una imagen de expresiva dulzura; el Cristo de la Penitencia, una talla de espectacular expresividad; y el Cristo de la Sangre, una imagen de dolor y sufrimiento, pero de una mirada tierna, un trono que hace cantar una saeta o caer una lágrima por el rostro, pero siempre en silencio, un silencio que te va susurrando su agonía en aquella noche.

Muchas emociones vividas, cada color me daba aliento para seguir porque ya caminaba sola, no tenía mi mano compañera de aquellos días, y con el corazón lleno de orgullo solo recuerdo despertar con unos rayos de sol que no eran normales, brillaban de una manera especial, y al asomarme a la calle solo veía las calles llenas de gente, luciendo claveles de colores en las solapas: blancos, azules, rojos, insignias, y yo que pensaba que ya lo había visto todo, no sabía lo equivocada que estaba.

Era Viernes Santo, el día más grande, el día por excelencia de la Semana Santa y en la que me contaban que hoy pisaba la calle la Amargura. Es el día en que preside el Paso Blanco y, como no podía ser de otra manera, su titular la Virgen de la Amargura saldría de su casa para abrazar con su derroche de amor a todos los blancos.

Me puse mis mejores galas y me compré claveles, ya decidiría cuál acabaría poniéndome. Salí a disfrutar, visité las naves donde guardan los caballos, pudiendo disfrutar viendo como los bañan, los peinan, los engalanan con trenzas y los cuidan, los puedes observar, darles de comer, y disfrutar de estos bellos animales que son grandes protagonistas de los desfiles, recuerdo hacerme fotos en los carros que esperaban su momento para ser enganchados, y yo parecía que estaba en aquellos tiempos montada en una cuádriga.  La mañana iba transcurriendo y solo recuerdo ver calles con gente en todas direcciones, visitando todo porque te falta tiempo para ver, es impresionante, me fui a ver las carrozas y me impactaron: la de Nerón, el Triunfo del Cristianismo, carrozas del Paso Azul impresionantes.

La del Rey Nabuco, la Reina de Saba, la Visión de San Juan, el Anticristo, todos estos personajes van en carrozas verdaderamente espectaculares en el Paso Blanco.

Y seguía conociendo y recorriendo las calles que estaban engalanadas y perfumadas de olor a rosas y a clavel, las terrazas rebosaban de gente, todo el mundo estaba en la calle, visitantes de todos los rincones de España y el extranjero. Antes de acercarme a por esa cervecita fresca que apetecía, me dirigí a las iglesias, recuerdo que visité el Carmen, (Paso Morado), con sus increíbles tronos y sus mejores bordados; San Cristóbal (Paso Encarnado), la Sangre, la Penitencia y la Soledad, su bandera bordada en rojo sangre y oro lucían de esplendor; en San Francisco (Paso Azul) admiré todos los mantos allí expuestos, el trono del Cristo Yacente, una talla verdaderamente bella, y la Dolorosa luciendo de esplendor.

Me quedaba la última, la Iglesia de Santo Domingo, la Capilla del Paso Blanco, y solamente asomarme a su puerta una luz brillaba con la inmensidad del cielo. La iglesia estaba llena de maravillas, pero mis ojos solo podían verla a ella, era La Virgen de la Amargura, los blancos la llaman la virgen guapa, porque en realidad lo era, era una majestuosa y emotiva imagen que solamente su rostro estremecía todo mi ser, como añoré la fuerza de esa mano amiga que me acompañó aquellos días, poco a poco fui acercándome a ella, admirando su trono, su indescriptible manto, sus manos te acogían, las lágrimas en su bello rostro eran las de una madre llena de amargura, no podía dejar de mirarla cuando de pronto una ligera brisa acarició mi mano, ¿Por qué no la sentía como días atrás?, sin dejar de mirarla, aún me acerqué más, transmitía paz, esperanza, sosiego y sobre todo amor. Su trono de claveles color rosa pálido le daban aún más resplandor, ella me enseñó que una imagen es algo más, es devoción, es calor, es cariño, es fe, pasión y fervor, y allí en el centro de su templo, parecía llamarte con su bella mirada para decirte: no estás sola. Me costó irme de su lado para seguir admirando los bordados, quería retenerlo todo en mi retina para no olvidarlo, pude admirar el manto del Rey David, la Caballería Imperial, Roboam, Majencio, no podría nombrarlos todos, mantos hechos lienzos, bordados de tal realismo que no podía creer, y volví a contemplar otra vez la joya del Paso Blanco que parecía susurrarte: no desfallezcas nunca, porque siempre estaré contigo.

Cuando me di cuenta empezaron a desaparecer mantos, se estaba preparando el mayor desfile que se ha hecho jamás en la historia, empezaban a llegar las primeras caballerías, las cuádrigas, las bandas, estandartes; podías cruzarte con Santa Elena, con Salomón, con Betsabé, con Atila, con Mahoma. No sabía dónde me encontraba ante tantos Reyes, reinas emperadores, tiranos, profetas, quizás ¿estaba en Roma?, ¿en Jerusalén?, ¿en Egipto?

Era la hora de sentarse a disfrutar de un impresionante desfile bíblico pasional, porque cuando todo este elenco de personajes históricos y magníficos bordados empezaron a desfilar, cada uno en su lugar correspondiente como la historia nos lo hizo saber, los palcos vibraban de emoción y cariño a su paso. Desfilando el Paso Azul, los pañuelos azules, se agitan, se enorgullecen, piropean, aplauden y disfrutan, manteniendo esa rivalidad que caracteriza esta Semana Santa. Los blancos ondean sus pañuelos, esperando el paso de su color, las carrozas pasan rasando el ancho de la avenida, ves a Julio César, a Tiberio, Cleopatra. Meiamén, etíopes, un grupo que se caracteriza por su forma de montar, no utilizan montura y van dando un verdadero espectáculo, haciendo a los azules saltar de gozo en los palcos y con el cortejo, el Cristo Yacente,  la  Virgen de los Dolores, los palcos se ponen de pie para aplaudir a unas imágenes dignas de admirar, y comienzan a gritarle a su querida madre sus mejores piropos y alabanzas para ella, para la Madre Azul, cuando ella pasa. El Paso Azul termina su cortejo para dar paso al Blanco, los blancos ya comienzan a levantarse, a recibir a los suyos que ya están en carrera, otra luz brilla en esa hermosa avenida, el color blanco, y ahora les toca a ellos levantarse y bailar los pañuelos como solo se sabe hacer aquí, con orgullo de un color. El viernes es el día blanco, es el día más grande y es el día en que pueden ver a su Amargura sembrar las calles de flores a su paso, comenzando su cortejo su estandarte guión y una gran cantidad de niños mayordomos que serán el futuro. Todo un elenco de personajes bíblicos hacían reaccionar al pueblo blanco, no sabría contaros qué caballería brilla más, si la Caballería Imperial, o el manto de la Caballería de las Tribus, la de la Reina de Saba, el Caballo del Respeto, con una bella historia entre el Rey David y su hijo Salomón, qué carroza es más majestuosa. Es un gran espectáculo lleno de expresividad, y poco a poco los palcos se van poniendo en estado de fervor, pues se va acercando el momento del cortejo religioso,  desfilando primero San Juan, detrás la mujer Verónica que lleva bordado en su paño el rostro que ella le limpió a Jesús, es un trono de plata y el único manto que está bordado también en plata, desfila portado solo por mujeres, su cara de dulzura hace a los blancos no poder sentarse y arroparla con sus vivas. Y  a lo lejos, ya se ve el resplandor que  ilumina el camino, la Amargura se acerca,  las gargantas se rompen, las lágrimas afloran, el grito es unánime: guapa, guapa, guapa, es algo que contagia y te cautiva, no es una Virgen más, para ellos es única y del cielo llueven flores, de los palcos claveles, y de las gargantas las frases más bonitas que se pueden escuchar, pero siempre ¡Viva la Virgen de la Amargura! ¡Viva la Virgen Guapa! y ¡Viva el Paso Blanco! Solo sale a la calle un día y solo permanece una hora en carrera, pero te acompaña toda la vida me decían,  desfila al son de la marcha “Reina y Señora” y cierra una Semana Santa única en el mundo.

Como ya había presenciado la recogida de los azules, me fui a ver la recogida de la Amargura, me contagié de la gente que corría para llegar a la iglesia y esperar su regreso, y no puedo describir lo que viví allí con palabras, no las encuentro. Ver entrar los tronos de una manera exquisita y emocionante, y ella, esa mirada al cielo con amargura y desconsuelo, pero ese calor que sientes cuando tu verdadera madre te abraza, hace que no puedas dejar de mirarla. De pronto se hizo el silencio, porque ella volvía a su casa con el calor de todos sus blancos, se produce un silencio en el que ni siquiera la respiración se oye, la calma de la noche se hace paz, y cuando el trono se encara, poco a poco va entrando hasta que el palio traspasa la puerta, entonces se desata el fervor más absoluto, no se le pude decir más, solo se le puede querer y admirar, lloras, gritas, te abrazas, todo ha salido bien, ella ha vuelto a llenar sus corazones de orgullo, se agradece poder haberla visto otra vez, y entonces, la música, comienza a sonar, cantando el himno y cantándole Guapa. Pero no podía llegar a entrar a la iglesia, intentaba encontrar la manera de poder verla de nuevo y entonces sucedió, esa mano que tanto me ayudó y que tanto me enseñó, me introdujo en la iglesia como si fuera un clavel que volaba hacia ella, y cuando estuve cerca oí una voz que me susurraba, y al volver la vista, contemplé ese rostro que en el Monte Calvario había visto sufrir y, con voz muy dulce, me dijo: “¿crees que lo has soñado?” No pude reaccionar, y en realidad creía que había sido un sueño, ante tanta maravilla no podía dar crédito y entonces respondí: “sí,  ha sido un bonito sueño del que no quisiera despertar”, pero entonces sentí su mano más fuerte apretar la mía  y mirando la divina cara de la Amargura, me respondió: “no, no ha sido un sueño, has tenido el privilegio de vivir la Semana Santa de LORCA”.

Después de aquella noche de Viernes Santo, supe que yo era lorquina y que mi color era el blanco, que quizás aquella bendita mano lo que me estaba contando era que la persona que a mí me enseñó a amar Lorca y a vivir la Semana Santa lorquina estaba en el cielo y esa persona era mi padre.

Y así amanecía el Domingo de Resurrección, con campanas de alegría porque nuestro Señor había resucitado, ya sabía dónde tenía que acudir para ver la última procesión que se celebra por la mañana, y que las mantillas blancas acompañan a la Virgen de la Encarnación y al Resucitado, y a su paso, contemplando su rostro, supe que estaba orgullosa de mi Lorca y de su increíble, bella y única SEMANA SANTA.