Nuestro autor se describe así mismo:

Nací en las Tierras Altas de Lorca, en Zarzadilla. A los 17 años reemprendí los estudios, haciendo banca y técnico administrativo, alternándolo con diferentes trabajos, desde la agricultura hasta la hostelería. Tras mi paso por la Marina, a los 22 años me incorporé a una importante multinacional donde desarrollé mi carrera profesional durante 36 años, los últimos veinte como jefe financiero-administrativo en la Región de Murcia, compatibilizando esos primeros años con dos años de psicología en la Uned , además de una formación continuada dentro de la empresa.

La pasión por la literatura y sobre todo por la poesía, la viví desde niño, siendo mi padre mi primer y mejor maestro. Junto con la historia han sido mi auténtica vocación. Mi afición a la historia, su estudio y mis modestas investigaciones, es lo que me ha hecho terminar en la novela y el relato, en un intento de recrear por escrito esas vivencias convertidas en escenas imaginarias. Me gusta novelar vivencias reales, pero incluyendo en esas historias la sociedad que las envolvía y que es la verdadera protagonista de las tramas, desde luego sin dejar a un lado reflexiones de corte moral o hasta pretendidamente filosófico, incitando al lector a pensar. No es bueno que nos lo ofrezcan todo hecho.

RELATOS QUE VIENEN A CUENTO, el que ahora se presenta, es mi tercer trabajo, que como ya apunté en las redes sociales, es un libro sin grandes pretensiones pero hecho desde lo más hondo. El primero fue un libro de historia y costumbrismo, que comienza en el Siglo XVIII y que trata sobre la colonización del campo lorquino, centrándome en la diputación de la que procedo. Mi segundo y primera novela: DON ALONSO VIVE, es una novela muy documentada en la que se pretende mezclar el buen humor con la historia más rigurosa, de la mano de un personaje conocido y aclamado en todo el mundo, y por cuya obra resulté finalista en el certamen del Libro Murciano del Año.

 


Quizá no siempre todo tiempo pasado fue mejor. Pero si lo fue, no deberíamos olvidar esos momentos que nos confortaron y lo hicieron especial.
Y si lo fue peor, tampoco deberíamos olvidarlo, por aquello tan reiterado pero tan cierto, de que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.
Es malo el olvido. Recordar los valores que nos inculcaron es siempre saludable. Recordar nuestras raíces, nuestras más genuinas tradiciones, deberían recetarlo en los consultorios. Recordar la paz y la alegría, y otras veces las penurias de nuestros mayores, demasiado silenciosos a veces, sin queja, en un tiempo en que todo costaba demasiado, no debería echarse en el olvido. Si tienes la oportunidad -y ahora la paciencia que parece en extinción- de escuchar un buen cuento al calor de la chimenea, absórbelo, vívelo; es una ocasión única de reencontrarte con el pasado, con otra forma de vida. Es malo el olvido, ya te dije.